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No se gana un subcampeonato, se pierde el campeonato.

  • Foto del escritor: El juego de la pelota
    El juego de la pelota
  • 13 nov 2019
  • 3 Min. de lectura

Estaba el partido a punto de terminar. Era la final del campeonato de liga infantil. El partido iba empatado 1 a 1 y no se veía por dónde caería el gol que llevaría a lograr levantar la copa a alguno de los dos equipos. Finalmente cayó. El equipo ganador veía recompensado su esfuerzo y dedicación; el arte de insistir e insistir que provocó finalmente el error del rival y éste quedó en la lona.


Los niños que perdieron se veían tristes. Perdieron la ilusión de ganar el campeonato, de hacer sentir orgullosos a sus padres y hermanos. El perder no es agradable. Los rostros de los pequeños futbolistas lo decían todo. El fracaso no era una opción.


¿Imaginan lo que pasaba por las mentes de esos pequeños? Seguramente sentían un fuerte dolor por lo sucedido, un sentimiento de fracaso y desesperación. Tal vez se preguntaban si habían hecho lo suficiente para ganar o si pudieron haber evitado ese gol que los condenó al fracaso. También, sin duda, sintieron ese deseo de revancha, de continuar luchando para que la próxima vez les tocara estar del otro lado saboreando la victoria.


A la expectativa me encontraba yo. Me tocó ser uno de los padres de los niños que perdieron. Por mi mente solo pasaba la forma en que me tenía que dirigir a mi hijo. ¿Cómo lograr que ese fracaso le sirva para algo?, me preguntaba constantemente.


Observé entonces que muchos padres bajaron de manera intempestiva al campo. Recibieron con festejos a sus hijos, les aplaudían y les echaban porras. ¿Por qué? ¿Por qué festejaban esa derrota?


La lógica de esos padres era bastante razonable. Me decían que aunque era una derrota, a los niños les costó mucho trabajo llegar ahí y que el esfuerzo debía ser recompensado, que debíamos llevar incluso a los niños a relajarse y a saborear la “obtención” de su subcampeonato.


¿“Obtención”? ¿En verdad se “obtiene” un subcampeonato?


Yo solo observaba y contemplaba a once niños que estaban tristes por perder y de un momento a otro sus padres les festejaban. El shock se veía en sus rostros. ¿Es bueno perder papá? ¿No importa perder? ¿Si pierdo, me festejarás siempre?


Yo solo separé a mi hijo y le señalé algo que a la fecha conserva en cada juego: La derrota se asume, se aprende de ella, se llora, se lamenta y se usa para mejorar. La derrota no se puede festejar porque no se “obtiene” un segundo lugar, se pierde el primer lugar. No es bueno ni agradable perder, sin embargo, en la vida siempre se pierde y se gana, pero se trabaja para que las victorias sean más numerosas que las derrotas.


No llevé a festejar ese día a mi hijo. Le pedí incluso que si quería llorar por la derrota lo hiciera. Que examinara lo que hizo o dejó de hacer en ese encuentro, que aprendiera de esa derrota para conseguir la revancha lo antes posible.


No sé si lo que hice estuvo bien o mal, simplemente, a la fecha, mis hijos se niegan a festejar derrotas. Salen enojados, tristes, y se ponen a pensar en cuándo será la próxima oportunidad para sacarse ese coraje y buscar la victoria.


Cuando ganan lo disfrutan, lo viven, lo sienten y festejamos como solo nosotros sabemos hacerlo.

Creo que esa es una filosofía de vida.


Quizá así podamos lograr algo en un futuro con nuestra selección mexicana. Si los jugadores sintieran el fracaso cada vez que nos eliminan de octavos de final en un mundial, tal vez la historia sería distinta. En cambio, desde pequeños los programamos a que perder no es malo. Que el esfuerzo por la “obtención” de un subcampeonato es festejable. ¿Cómo podemos entonces criticar a nuestros seleccionados cuando pierden y se van de parranda?


Tal vez me equivoque, pero creo en definitiva que “no se gana un subcampeonato, se pierde el campeonato”.




 
 
 

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